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Lluvia

Publicado por : El Morante a : miércoles, 24 de octubre de 2018 0 comentarios
El Morante
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Por Ramón Llanes

Pura parsimonia de llanto,
la lluvia analiza el suelo
y cae sumisa o cruel para anegar o aliviar,
según el pretexto de osadía.
Y póngase las botas que el cieno
acabará prendiendo los pies en el charco,
en el laberinto mojado
que conduce a ninguna parte
y a todas, como emisario del agua.
Mientras llueve se apacigua el frío,
redimiendo el dolor o acostando el sueño de maldecir,
obviando la esencia de la mirada.
Lo más sublime es la lluvia cayendo,
la posibilidad de estar en ella,
esa mirada que se lleva agua, que desprende agua,
que emana, deshiela, corrobora, admite.
La mirada, el dulzor,
un espasmo de tiempo
metido en el alma de la lluvia.
No es lírico, es real y fortalece;
hágalo, antes y después de ponerse las botas.
E incluso alguna vez no abra el paraguas,
lea las gotas tropezando con el aire, primero,
luego con la tierra.
Es irremediable, llueve a tumba abierta
tan de tarde en tarde que borra la sensibilidad del recuerdo.
No es posible perderse
el encanto de un bozarrón de lágrimas
entre las plisadas marismas,
en la arboleda serrana,
en la profundidad del Andévalo,
en los espejos de las vides. Nunca se lo pierda.
Una bendición explícita
que de cuando en vez nos premia
con estas cosas tan tiernas.
En el llover nacen el pozo de crear,
la fuente de beber, el equilibrio.
Hágase la apuesta de la lluvia,
olvídese de tornasoles y arcoiris,
peine el blanco de la tarde con seda de agua,
duerma en la intemperie del otoño
y tenga el don de la arrogancia
en un impulso de vanidad
para besar la lluvia que regenera el sentimiento.

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