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El sentimiento de la tierra

Publicado por : El Morante a : miércoles, 5 de noviembre de 2014 0 comentarios
El Morante


Por Raquel Tébar.

Parece que fue ayer cuando la desesperación de terminar mis estudios y no conseguir desarrollarme profesionalmente me obligó a hacer las maletas y salir del país. Por cuestiones de la vida, he sido siempre una persona muy independiente y aventurera, lo que me llevó a coger ese avión con una sonrisa de oreja a oreja. Aun así, mantenía en mi interior la idea de que mis primeros días en Londres no iban a ser demasiado felices. Me equivoqué: me adapté a otro país de una manera que no podía imaginar, a otro idioma, a otra cultura, a otra vida. Fui haciendo nuevos amigos, de todos los países posibles; y lo mejor de todo: trabajaba, ganaba dinero, lo que convertía mi vida en lo más motivante de los últimos meses. Mi inglés fue mejorando, me sentía realizada como persona y eso me hacía levantarme con una sonrisa cada mañana.

Pero los meses fueron pasando, y cada vez eran más las cosas que echaba de menos: algunas, que sabía que pasaría; otras, que nunca imaginé que a mí me sucedieran. Echaba de menos el apoyo de mi madre, el tenerla ahí cada minuto, cada segundo que la necesitaba. Echaba de menos a mi familia, el cariño de mis amigos, incluso detalles insignificantes que una persona que viva en su casa ni siquiera podría detectar. La gente en Londres iba y venía, fueron innumerables las veces que tuve que rehacer mi grupo, y mi estancia en esta ciudad inglesa fue perdiendo su encanto. Después de un año y mi notable mejora del inglés, decidí volver a España y probar suerte. Aunque no fui tan afortunada de volver a mi tierra, el mero hecho de tener trabajo en Madrid para mí era suficiente, y volvía a sentirme plena.



Sorprendentemente, los meses fueron pasando y, para mi sorpresa, la dificultad de integrarme en una ciudad española era mayor que la que fue en Reino Unido. ¿Por qué? El idioma es el mismo, la cultura es la misma, el estilo de vida es similar... ¿Qué estaba pasando?

Poco a poco y con dificultad fui haciendo grupo, conociendo gente maravillosa que me acogió en sus vidas como si de un íntimo se tratase, lo cual agradecí enormemente. La vida me brindó la oportunidad de encontrar mi sitio, aunque sin saber por cuanto tiempo. Pero después de las experiencias, de las grandes ciudades, de las mil y una personas que en los últimos años han pasado por mi vida, de todo lo que he aprendido de ellas, de los pequeños detalles que aprendí a valorar... Después de tener trabajo, estudios e idiomas; después de TODO, me sigue faltando algo. Me sigue faltando el arte andaluz, los ratitos con mi gente, ese olor a mar, la humedad en las calles, los momentos perdidos entre amigos que te llevan a coger una guitarra y tirarte unos cantes. Las romerías, el calorcito durante todo el año, la buena gente, la simpatía de las personas. Me sigue faltando mi ANDALUCIA, MI HUELVA, MI CALAÑAS. La tierra en la que me crie y que siento como mía propia, y de la cual ninguna otra, por muchos años que pasen, podré sentir igual. Con trabajo, amigos y estabilidad, todavía sueño por las noches el momento en el que mi tierra me dé la oportunidad de regresar y construir mi vida donde siempre quise. Aun espero el momento en el que pueda encontrar la plena felicidad

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