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Los Reyes Magos

Publicado por : El Morante a : viernes, 8 de enero de 2016 0 comentarios
El Morante
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Por José María Ortega 


Anita Bermejo, de 7 años lloraba, mientras su madre miraba con ojos de asesina a su padre, a Ana no le habían traído los reyes magos aquella clínica de playmobil de veterinarios que había escrito en tercer lugar, en su extensa carta a los reyes magos, sus lágrimas intentaban ser calmadas por su padre, en aquel inmenso comedor lleno de juguetes, de decenas de juguetes, que los reyes magos habían dejado aquella noche para ella. Pero nada la calmaba, su padre, eléctrico de profesión, jefe de equipo, fue el encargado de hablar con los reyes, para conseguir ese regalo, y habló con ellos y así, trataba de explicarles a Ana y a su madre, pero esta mañana cuando se levantó y fue a su coche del trabajo, junto a sus herramientas, que era donde habían quedado los reyes en dejarlo, no estaba.

Ana López de 7 años, estaba desilusionada con los reyes magos, a pesar de improvisar un árbol de navidad en su casa con una rama seca, decorado con tiras de papel de colores y bolas de papel de aluminio aunque, sin ninguna luz, y a pesar de ponerle un vaso de agua y un mantecado, en el comedor, a los reyes se les había olvidado pasar a dejarle un regalo, eso le había dicho su madre, con un aterrador aliento a alcohol cuando llegó a su casa por la mañana, tras vomitar en el cuarto de baño su madre se acostó sola, como lo hacía desde que se fue su padre, sin querer atender las preguntas de su hija. Ana, a lo largo del día, miro cien veces bajo su árbol de navidad pero seguía sin haber ningún regalo.



Cuando el sol ya se había puesto, Ana no soportó más ver a los niños jugar, en la calle, con sus juguetes nuevos y se encaminó a las cercanas afueras de la ciudad diciéndose, que este año que estaba recién entrado sería más buena, y le pondría más agua a los reyes y más mantecados, y que haría un árbol de navidad mejor, para que así, no se les olvidase pasar a dejarle algún juguete, el que fuera. Ana caminaba tras de su casa, sola, con los últimos fulgores del día acompañándola, una bolsa con algo dentro, en la cuneta del camino, junto a la puerta de la subestación eléctrica que había tras de su casa, le llamó la atención, se acercó y la cogió, la cara de alegría de la niña simplemente era indescriptible, cuando vio que dentro de la bolsa había un regalo y en el regalo ponía, “Para Ana”, temblando rompió el papel de regalo y llorando miró, bajo la luz tenue de las farolas de la subestación, aquella clínica de veterinario de Playmobil, que tantas veces había visto en la televisión y con la que no se había ni atrevido a soñar. Mirando las luces rojizas del ocaso, Ana se encaminó a su casa mientras repetía una y otra vez nerviosa de tanta alegría y doblando los vértices de la caja de su regalo de tanto apretarla, “gracias reyes magos, gracias reyes magos, gracias reyes magos, llegué a pensar que os habíais olvidado de mí “



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